Dear Kim

 

Dear Kim:

I dreamt about you last night. You had a long white dress and a little girl in your arms. I never saw you smile like that. I sat there and watched you with her, spinning around like the world was yours. It brought me so much peace.

I know it’s been a while, kid. It’s not easy doing this. I think about you day and night.

You are far away. And I didn’t ask you why. You just walked away. And I just watched you. What could I say?

I have questions. I have plans. I have disappointments.

I wish I could be a spy inside your brain. Can you imagine? Finding yourself in someone’s thoughts? I’d be handsome, and tall. He would teach me to be the man you always needed. I wouldn’t fuck up this time.

I want to start over. I want to go home to you; crack you up. We’d babble nonsense all night, and go to sleep by dawn. I’d fall in love with you, no matter what you’d said.

I admire you. I miss you. I love you.

My friends are somewhere getting wasted. My mind is racing to places I don’t want to go to.  You’re saying things I don’t recognize. Have you found him? Did you tell him about me? You can tell him I’ve changed. We’ll pretend it’s true, if only for tonight. He’ll lend us the guest room; wine and a bird, caving in. Is he real? Did he really do it? Can you still love him?

No one can haunt me the way you do. It’s not your fault, not mine either. I’m sorry it had to be this way, K. An only life can take so long to climb.

Soon, you can take me and ever keep me. We’ll be the strangers we ever were, forever and ever after. How close am I to losing you?

You just close your eyes. I’ll watch you sleep away.

Love,

P.

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Vestidos en otoño

Era una bailarina. Nunca fue mía. Nunca fue de nadie. Ni de ella misma.

En su cabeza, Marylin Monroe no era nadie. Solía dar brincos por la acera al mediodía. Aspiraba con el índice y el medio apuntando hacia el cielo. Usaba vestidos en otoño.

 

La vi por primera vez un sábado a media tarde. No recuerdo nada de la conversación, pero la recuerdo muy bien a ella. El pasar de los coches en la avenida a sus espaldas, el pequeño pliegue junto a su nariz, la manera en que fruncía el ceño mientras contaba alguna nimiedad.

Y luego sus ojos. Un verde sosegado, acorralado por un negro estruendoso. La inocencia y la verdad; la doncella y la bestia. Debí saberlo entonces.

Me encontraba en ocasiones volviendo de sus ojos con ella esperando una respuesta. No podía contenerme.

 

No era nada espectacular. Tenía lo mismos problemas que todos, y unos cuantos más. Estaba enamorada del amor. Guardaba algunos remolinos en pequeños vasos de cristal. Le quedaban muchos errores por cometer. Se estreñía. Odiaba que llegara tarde.

 

Eran las siete y media. El parque estaba completamente vacío. Nos sentamos en una banca y puse mi brazo alrededor de ella. Disfrutaba del silencio tanto como yo. Intenté besarla.

 

Eran las diez. Nos despedimos de sus amigos en el bar y empezamos a merodear. Nos aparcamos. Le gustaba la noche tanto como a mí.

 

Eran las cinco. Tenía mi mano sobre su muslo. Me arrobaba abrazarla. Le gustaba el cinematógrafo tanto como a mí. Intenté amarla.

 

Eran las doce. Le tenía un regalo, uno que jamás le di a nadie. Le gustaba la soledad tanto como a mí.

 

Mis ojos; mi cielo. Nunca fueron míos.

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Bossanova (Tributo al album de ese nombre de Pixies)

My heart has grown new wings, he surfs the skies
He’s kissed the wierdest godess’ fiery lips
Smooth and fresh, through forests made of ice
He’s seen and dream’d his madness while she sleeps
He’s met the hanging prophets, nude and wise
Who sing stormy hymns from desert ships
And giant waves of sand with sleepy eyes
Have shown him how the mighty Jesus weeps
He’s seen the kindest needles slice and dice
Conjuring spears and trees and rambling creeps
Inside the wells he’s chosen not to be
He’s felt delicious specters breaking free
 
And briefly, in an instant filled with glee
He’s seen how lemur skin reflects the sea.
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Lucy

Desperté completamente agitado. Me senté sobre la cama; bebí un largo sorbo del vaso en el buró. Uno más. Me tomo algunos minutos recuperar el aliento. Comencé a revivirlo todo. Aún no podía asimilarlo. Me terminé el agua y bajé a la cocina. Seguía sin encontrarme. Estaba sudando. Era una noche de muy calurosa de verano.

 

Cerré la puerta tras de mí y encendí un cigarrillo. Podía sentir el piso sucio en la planta de los pies. Tras la segunda fumada descubrí que no tenía playera. Debían ser las 3 por el estruendoso silencio. Sólo podía sentir el rojo del cigarro y angustiarme con la rapidez que desaparecía y se aproximaba a mis manos, viajando humeante entre mis dedos, desapareciendo para nunca volver.

 

La luz de la cocina de Lucy se encendió. Una inyección de vida. Mi mano soltó el cigarrillo. Toqué la puerta y no el timbre. Ella respondió. Cruzamos miradas. Ella revivió antes; aquella sonrisa.

 

No era la primera vez que hacíamos esto. Ocasionalmente en mi sala, ocasionalmente en la suya. El tocadiscos de su abuelo al fondo, las cartas de sus amigas, las fotos de los viajes, el olor a caoba, las manchas de pintura, las botellas vacías junto al ventanal.

Escogí mi cojín. Me acosté; nada tan blanco como el techo.La trompeta de Armstrong era inconfundible.

Como reloj, el whisky llego a mi mano en el momento preciso; la cabeza de Lucy a mi hombro un instante después.

 

-No podías tener más razón.

-Ese es tu problema, la razón.

-No puedo olvidarla, siempre está ahí.

-¿La razón?

-Y ella. Me atormentan juntas, aún cuando una me alejó de la otra.

-Los recuerdos son aún peores.

-No. No es la memoria. Es la imaginación. El pensar que hubiera pasado.

-Elegir siempre implica dejar ir algo.

-¿Y cuando no se gana nada? ¿Cómo se llama eso?

-Realidad

 

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Próximo Encuentro

 Induciendo el viaje, llega la hora de ir a un destino, la plataforma se torna, que es apreciable cuando sombra y cuerpo empatan nuestro recorrido, ese que conecta cierta parte de nuestra jornada de aquí y allá.

 Se elige lugar,  el más delicado, cómodo y gracioso, aquel que bien nos reciba a la hora del intercambio y así es como comenzamos.

El momento sucede, es increíble, lo sé, las palabras de la lengua empiezan a marchar indomitamente cuando hablamos de nuestra efímera mocedad. Las sonrisas embelesan, el conjuro de los labios comienza a procrear y todo nuestro alrededor desconoce toda fantasía.

Mientras la celebración es proliferante, morando las caras se ven y entrecruzan instantes de contacto en el que el presente ya fué, se nota en lo corpóreo, en el aspecto de nuestras arrugas, que albergan tiempo y  fragmentos de vida que hemos apoderado.

Sensaciones caen como rayos , pero no podemos siempre seguir, la libertad nos llama hay que avanzar.

Y así, buscando partículas  que familiarizar, tendremos otro momento de historias nuevas, aquellas que usaremos en el discurso al describir la cotidianidad. El objetivo de nuestro encuentro siempre fue no sentir el pesar, lazo que nos une a todos cuando enmascara la soledad.

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Azotea

El eco de nuestros pasos nutriendo siempre la soledad

Las huellas de nuestra voz fraguando siempre la sombra.

Esa sombra que siempre esta ahí, bogando silente en las esquinas de los párpados.La muerte que siempre llama, sima de los páramos más insólitos

Lucero de lóbregas caravanas.
Abajo, la ciudad llora un néctar amargo.
Nacen de nuevo los conjuros de los sátrapas,
Insectos motorizados zurcen una cicatriz pestilente.

Un cuervo, viejo aliado, nos permite descifrar lo que acontece en las terrazas:
Se rumoran junglas de éter, donde los antiguos labraron templos en el humo.

¿Dónde se bosqueja la cúpula del viento, meca de nuestras dispersas peregrinaciones?
¿Dónde trazar estos símbolos ignotos, dónde encriptar estas pérfidas profecías?

Existe, oculto tras el horizonte, un cantar de crisantemos que forja nuestras auroras

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Resolana

La conocí el día más frío de octubre. Estaba sentada en una banca al fondo de la plaza leyendo a Tolstoi; abrigo negro, bufanda vino, pelo suelto, hundida en su libro.

No había ningún motivo por el cual interrumpirla. Yo no era así. Podría perfectamente dormir conmigo mismo, especulando escenarios en mis sueños. No sé que pasó ese día.

-Hola.

Los siete segundos más largos. Terminó el párrafo y levantó los ojos. Miel. Resolana. Con los ojos cerrados aún puedo volver a ese instante. Ella sonrió, pero no dijo nada. Esperaba que yo dijera algo más, como si fuese a pedir la hora.

Me senté junto a ella. Ahora ella estaba más desconcertada que yo. Como si ese par de maravillas marrones no fueran suficiente, tenía una fragancia a vainilla que se mezclaba con el aire como si se conocieran de muchos años atrás.

Tenía que concentrarme. Ella seguía mirándome y yo seguía completamente pasmado. Carajo, ¿Qué hice? Piensa. Piensa. Tolstoi. No, demasiado obvio. ¿Dostoievski? Demasiado arriesgado. No digas nada de sus ojos. Pídele la hora. ¿Cuál era esa noticia de la que todos hablaban?

-Tienes los ojos más lindos que he visto en mi vida.

Que tonto eres. Estos siete se sintieron como siete eternidades.

-Perdón, nunca he podido hablar con la gente. Nunca se que decir. En realidad, nunca había hecho esto. No soy la clase de persona que se pone a hablar con cualquier extraña en la calle.

Al menos eso intenté decir. Tenía la mano en los bolsillos para ocultar la temblorina.

Hubo una segunda sonrisa.

-Soy Gina.

-Hola Gina.

Apagué mi mente.

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